Por: Malú Hernández-Pons, líder de Saber Nutrir en Grupo Herdez
Durante todo el año hay fechas que buscan sensibilizar a la población sobre distintos temas. Una de ellas es el Día Mundial de las Legumbres, que se conmemora cada 10 de febrero y que invita a reflexionar sobre el papel que estos alimentos desempeñan en la nutrición, la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible.
Las legumbres han sido, históricamente, un pilar de la alimentación en muchas comunidades rurales de México: son accesibles, nutritivas y forman parte de una tradición culinaria basada en el aprovechamiento de los recursos locales; sin embargo, su verdadero impacto no depende únicamente de su producción o consumo, sino también de algo que con frecuencia pasa desapercibido: la forma en que se conservan después de la cosecha.
Desde el trabajo en campo de Saber Nutrir, hemos observado que una parte importante de la seguridad alimentaria no se define sólo en el momento de sembrar o cocinar, sino en la capacidad de las familias para resguardar sus alimentos de manera adecuada, evitar pérdidas y decidir cómo y cuándo utilizarlos. En este contexto, los silos se convierten en una herramienta estratégica para fortalecer la autosuficiencia alimentaria.
«Conservar también es decidir: decidir qué se come, cuándo y en qué condiciones«
Las legumbres, como frijoles, lentejas o garbanzos, aportan proteína vegetal, fibra, minerales y vitaminas del complejo B. Al combinarse con cereales como maíz o arroz, permiten obtener proteínas de alto valor biológico, lo que las vuelve fundamentales para una dieta equilibrada. No obstante, cuando no existen condiciones adecuadas de almacenamiento, estos alimentos pueden perderse por humedad, plagas o contaminación, afectando directamente la disponibilidad de alimentos y el esfuerzo invertido en su producción.
Los silos permiten guardar granos y legumbres en condiciones que protegen su calidad por periodos prolongados. A diferencia de métodos tradicionales de almacenamiento, ofrecen mayor control y reducen significativamente las pérdidas postcosecha. Esto tiene un impacto directo en la vida cotidiana de las comunidades: contar con alimentos disponibles durante más tiempo brinda estabilidad, reduce la dependencia de compras externas y permite planear el consumo con mayor autonomía.
Lo anterior forma parte de una visión integral orientada al aprovechamiento de los recursos locales. Estos sistemas fortalecen la capacidad de las familias para gestionar sus alimentos, intercambiar excedentes o destinarlos a proyectos productivos, contribuyendo tanto a la nutrición como a la economía familiar. Además, su uso promueve conocimientos prácticos que permanecen en la comunidad y pueden replicarse en el tiempo.
Hablar de autosuficiencia alimentaria implica reconocer que no se trata únicamente de producir más, sino de aprovechar mejor lo que ya se tiene. En un contexto donde el desperdicio de alimentos sigue siendo un reto global, los silos representan una solución concreta, de bajo impacto ambiental y alto valor social. Al reducir pérdidas, también se optimizan los recursos naturales empleados en la producción agrícola, reforzando un enfoque de sostenibilidad a largo plazo.
Conmemorar el Día Mundial de las Legumbres es una oportunidad para reconocer que conservar también es decidir: decidir qué se come, cuándo y en qué condiciones. En esa capacidad de resguardar y aprovechar los alimentos se encuentra una clave silenciosa de la autosuficiencia alimentaria, una que se construye desde lo local y con visión de largo plazo.









