El mundo financiero ya analiza cómo evitar un futuro cisne verde climático

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Compartimos esta nota como colaboración con el Grupo de Acción Climática, un equipo interdisciplinario que busca impulsar la agenda hacia una mitigación y adaptación efectiva del cambio climático. Este proyecto es desarrollado por Mauro Accurso y si te gustó su contenido puedes suscribirte para recibirlo semanalmente en este enlace.

“Cómo salvar al planeta” fue uno de los temas clave del Foro Económico Mundial (WEF) de Davos. En esta reunión anual (que por primera vez fue carbono neutral), la elite global debatió desde la crisis de biodiversidad, logística sin emisiones, el negocio de los plásticos “sostenibles” y el futuro de la energía.

Y aunque Trump haya instado a ignorar a los “profetas del apocalipsis”, también se lanzaron iniciativas como 1t.org que busca plantar 1 trillón de árboles, y tuvimos discursos interesantes como el de Greta Thunberg y el Presidente de España, Pedro Sánchez. Pero la razón de que el medio ambiente haya ganado terreno en Davos, sobre todo se debió al reporte ‘Global Risks Report 2020’. Por primera vez desde que el WEF publica el estudio, los riesgos principales en cuanto a probabilidad son todos ambientales:

  1. Fenómenos meteorológicos extremos con grandes daños a la propiedad, la infraestructura y la pérdida de vidas
  2. Fracaso de los gobiernos y las empresas en la mitigación y adaptación al cambio climático
  3. Daños y catástrofes ambientales provocados por el humano, incluidos delitos ambientales, derrames de petróleo y contaminación radiactiva
  4. Pérdida de biodiversidad grave y colapso de los ecosistemas con consecuencias irreversibles, lo que resulta en un grave agotamiento de los recursos tanto para la humanidad como para las industrias
  5. Catástrofes naturales graves como terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas y tormentas geomagnéticas

Algunos se sorprendieron que no figuren temas económicos entre los riesgos, pero esto se debe a que medio ambiente y economía están entrelazados y si no prestamos atención a la cuestión financiera de los riesgos ambientales, estos serán más difíciles de solucionar.

En ese sentido, el paper “El cisne verde – Banca central y estabilidad financiera en la era del cambio climático” lanzado por el Bank for International Settlements (BIS), un organismo que reúne a 60 bancos centrales del mundo representando 95% del PIB, se llevó toda la atención. Adaptando la metáfora del “cisne negro” de Nassim Taleb que se popularizó en la crisis de 2008, los autores explican que es realmente complejo “integrar análisis de riesgos climáticos en el monitoreo de la estabilidad financiera” ya que estos riesgos físicos y de transición interactúan también con efectos de reacción en cadena complejos, de largo alcance y no lineales.

En este contexto de profunda incertidumbre, los modelos tradicionales que evalúan riesgos mirando hacia atrás simplemente extrapolando las tendencias históricas impiden la plena apreciación del riesgo sistémico futuro que representa la crisis climática. “Traspasar los puntos de inflexión climática podría conducir a impactos catastróficos e irreversibles que haría imposible cuantificar los daños financieros”, alertan.

Además de su mayor complejidad, la diferencia con los cisnes negros tradicionales es que hay un “alto grado de certeza” que alguna combinación de riesgos climáticos se van a materializar en el futuro, si bien no está claro exactamente cuándo y con qué intensidad. También, una catástrofe climática será mucho más grave que la mayoría de las crisis financieras sistémicas que hemos conocido y podría significar una amenaza a la humanidad.

Evitar un cisne verde climático requiere “acción inmediata y ambiciosa hacia una transformación estructural de nuestras economías, incluyendo innovaciones tecnológicas que puedan ser escaladas pero también cambios drásticos en las normas sociales y las regulaciones”. A nivel de los bancos centrales, el BIS advierte que un cisne verde puede forzarlos a intervenir con un salvataje comprando activos devaluados. Es por esto que recomiendan adelantarse y contribuir como coordinadores en el combate al cambio climático. Entre otras medidas, eso significa: integrar criterios de sostenibilidad en sus portfolios y en los marcos contables a nivel nacional y corporativo, promover la incorporación de los riesgos climáticos en la regulación, imponer un precio al carbono e impulsar que el sector privado revele sus riesgos climáticos.

Los autores (entre ellos se encuentra el argentino Romain Svartzman), cierran aclarando que “todas estas acciones serán complejas de coordinar y podrían tener importantes consecuencias redistributivas que deberían manejarse adecuadamente, aunque son esenciales para preservar la estabilidad financiera (y de precios) a largo plazo en la era del cambio climático”.

Esta visión ya no es rara en el sector financiero. Hace pocas semanas el fondo de inversión más grande el mundo, BlackRock, anunció que la sostenibilidad es su nuevo pilar de inversión y su CEO afirmó: “nos encontramos en los albores de un replanteamiento de las finanzas desde sus cimientos. Los inversores tienen cada vez más en cuenta estas cuestiones y son conscientes de que el riesgo climático constituye un riesgo de inversión. Estas cuestiones están propiciando una profunda revisión de la valoración del riesgo y de los activos. Y, dado que los mercados de capitales anticipan los riesgos futuros, asistiremos a cambios en la asignación de capital mucho antes que a los cambios climáticos propiamente dichos”.

Mientras en el mundo se habla de los Green billionaires, quizás en América Latina esto pueda parecernos lejano. Pero el BID salió a comentar que los actores públicos y privados de la región están observando cada vez más los crecientes riesgos que el cambio climático conlleva para los mercados financieros y, según el WEF, las inversiones verdes latinoamericanas están empezando a despegar.

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