La inversión sostenible y el análisis de riesgo climático como pilares de la recuperación verde

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Por: Mauro Accurso

En el sector privado, se suele hablar de ESG (Environmental, Social & Governance) cuando se analiza la información ambiental, social y de gobernanza que una empresa brinda a los inversionistas y al mercado en general. Es un parámetro de sostenibilidad que hace años crece en importancia como métrica corporativa clave (sumada a las clásicas métricas financieras) para evaluar la salud de una compañía sobre todo a mediano y largo plazo.

Estas variables dejaron de pertenecer al ámbito de la responsabilidad social empresaria y en la última conferencia global sobre ESG que realizó el gigante financiero J.P. Morgan reveló algunas novedades interesantes.

Con la crisis del COVID-19 como escenario predominante, la reunión se realizó virtualmente y el fondo de inversión más importante a nivel global, BlackRock, volvió a robarse la atención con declaraciones contundentes de su vicepresidente, el suizo Philipp Hildebrand.

Hildebrand resaltó que el coronavirus representa una crisis de sostenibilidad. Pero lejos de ser un evento estilo “cisne negro”, se trata de lo que la experta en riesgo Michele Wucker llama un “Rinoceronte gris”: un peligro altamente obvio, altamente probable pero aun así descuidado. Para BlackRock, el cambio climático es otro “rinoceronte gris” obvio.

Y además, la relación entre ambos rinocerontes (cambio climático y enfermedades globales) está perfectamente probada y sigue creciendo. El directivo dejó un mensaje final positivo, asegurando que el COVID-19 y la recesión que traerá no significarán el fin de la transición necesaria hacia una economía y un sistema financiero más sostenible. BlackRock espera que esa transición impulse la “mayor reasignación de capital del siglo XXI”.

Esta visión de BlackRock no es nueva (en enero su CEO había asegurado que la sostenibilidad es su nuevo pilar de inversión), pero sirve para reafirmar un mensaje que podía tambalearse ante esta nueva crisis global. Lo propio hicieron las aseguradoras y gestoras de activos más grandes del mundo: a través de la Net-Zero Asset Owner Alliance reclamaron que la crisis del coronavirus no debe frenar la acción climática. “Observamos consenso de tomar medidas drásticas para proteger a los más vulnerables. Las sociedades pueden aplanar la curva de coronavirus al unísono. Tomemos esto como un aprendizaje para aplanar también la curva de emisiones de carbono”, recomendaron. Que estos gigantes corporativos apoyen una recuperación verde para la post-pandemia parece, en principio, una buena señal.

Siguiendo con otras enseñanzas que dejó la “J.P. Morgan’s 5th Global ESG Conference”, la información climática y social de una empresa no es sólo una cuestión de ambientalistas sino que -en palabras de Jeroen Bos de NN Investment Partners- el mercado ya tomó nota de algo fundamental: “Si no se consideran los indicadores ESG, se podría argumentar que se está violando el deber fiduciario ya que no se han analizado todos los aspectos importantes en la toma de decisiones”.

La tendencia en el sector privado va hacia la integración completa de la información ESG con la información financiera para poder tener una imagen completa con la cual evaluar una empresa y, así permitir una mejor asignación de capital. El gran desafío para lograr esa integración es que la información no-financiera ESG suele no tener demasiado detalle o calidad y es difícil hacer una comparación estandarizada entre empresas y, mucho más, entre diferentes industrias.

Aunque todavía son muchas las empresas que ni siquiera divulgan ningún tipo de información ambiental, un reciente artículo del Financial Times explica porque esto resulta más relevante que nunca: “más de la mitad de los fondos de inversión éticos han tenido un rendimiento superior al índice de acciones global más amplio en esta caída del mercado al evitar la exposición a las industrias del petróleo y la energía que han arrastrado hacia abajo a los fondos pasivos”.

Para navegar en estas crisis periódicas y en la incertidumbre del riesgo que significa el cambio climático (y sus efectos), las compañías necesitan utilizar los llamados escenarios climáticos. Se trata de pronósticos complejos que buscan comprender mejor cómo puede ser el futuro y cómo impactará en el negocio según, por ejemplo, la temperatura del planeta suba 1.5 o 2 grados (una diferencia que puede parecer menor pero que es monumental).

“Muchas empresas elaboran pronósticos de lo que piensan que puede suceder, pero el análisis de escenarios permite construir resiliencia ante un rango de posibles futuros muy divergentes”, aclaró Fiona Wild, vicepresidenta de cambio climático y sostenibilidad de BHP Billiton.

A partir de esos escenarios, el sector privado puede entender con mayor profundidad los desafíos que enfrenta (de regulaciones ambientales, problemas en sus cadenas de suministros o catástrofes que afecten sus fábricas, por ejemplo), y tomar decisiones basadas en la mejor ciencia climática disponible.

Una vez realizado ese ejercicio de modelización (para entender mejor las interacciones entre los sistemas socio-económicos y el sistema climático), las empresas deberían divulgar a sus inversores esos riesgos y oportunidades (no olvidemos que también hay nuevos negocios y mercados que surgirán) a través de iniciativas estandarizadas como el Task Force on Climate-related Financial Disclosures y Carbon Disclosure Project.

Volviendo a la actualidad pandémica que vivimos, hoy el público general está viendo cómo funcionan los modelos que pronostican las curvas de crecimiento de casos del COVID-19 y eso puede servir para entender escenarios futuros de la crisis climática y para acostumbrarnos a tomar decisiones políticas duras basadas en la ciencia. Al mismo tiempo, una lección clave que valdrá la pena recordar, es que no podemos volver a subestimar los riesgos de una crisis futura y que invertir en la preparación es mucho más barato que reparar las consecuencias y reactivar la economía ya sea una crisis sanitaria o climática.

Pero no es sólo una cuestión de concientizar a la población general; hay que estar atentos que el lobby de los combustibles fósiles no siga empujándonos por un camino que profundice el calentamiento global. En ese sentido, las grandes petroleras no van a irse sin pelear: ExxonMobil, Shell, BP, Equinor y Total salieron a tomar unos USD32 mil millones en deuda para sobrellevar la crisis del COVID-19 y hasta buscaron aprovechar la confusión para reactivar uno los proyectos extractivos más polémicos de norteamérica, el oleoducto Keystone XL. ¿El coronavirus ayudará a acelerar la muerte del petróleo? Aunque la pregunta quizás esconda simplemente ese deseo más que una realidad empírica, en el medio de una guerra de precios global hay algunos analistas que ya lo están considerando posible

Mientras todavía falta mucho para conocer el verdadero impacto económico del coronavirus, el foco estará en que no se frene la inversión en soluciones para una transición baja en carbono que además creen puestos de trabajo. Según el Banco Mundial, contener la crisis climática es posible con la tecnología limpia que ya existe en los sectores de energía, transporte, industria y edificios, pero debe ser implementada a escala masiva en países en desarrollo, y ese en un gran desafío.

No hay que olvidar tampoco que la respuesta no puede ser sólo tecnológica. Si nos enfocamos en el sector energético, como explica el académico ecologista William Rees, “mientras el crecimiento de la demanda supere las adiciones a la oferta por parte de las energías renovables, éstas no pueden desplazar a los combustibles fósiles ni siquiera en la generación de electricidad”.

Entonces, el experto en economía ecologista propone reestructurar la economía para mantenerse dentro del presupuesto de carbono permitido restante mientras se desarrollan y mejoran las alternativas de energía sostenible. En paralelo, resalta que necesitaremos asistir a las comunidades y familias para que adopten estilos de vida sostenibles que eliminen el uso innecesario de combustibles fósiles y reduzcan el despilfarro de energía.

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