Por: Malú Hernández-Pons, líder de Saber Nutrir
Cada año, el Día del Niño nos invita a celebrar la infancia con juegos, dulces y momentos especiales, pero también puede ser una oportunidad para algo igual de valioso: acercar a los más pequeños a la forma en que cuidamos nuestro entorno y valorar lo que llega a nuestra mesa.
En un momento en el que hablar de sostenibilidad y cuidado del planeta se vuelve cada vez más habitual, muchas de las lecciones más importantes pueden comenzar en espacios cotidianos, como la cocina del hogar. Involucrar a niñas y niños en la preparación de alimentos no sólo fortalece la convivencia familiar, también abre la puerta a conversaciones sobre de dónde vienen los ingredientes, cómo se producen y por qué es importante aprovecharlos bien.
Cuando un infante participa en la cocina, empieza a entender que los alimentos no aparecen simplemente en el plato: detrás de ellos hay trabajo, recursos naturales y conocimiento. Este entendimiento es clave para fomentar una relación más consciente con la comida y evitar el desperdicio desde edades tempranas.
«El Día del Niño también puede verse como una invitación a algo más que celebrar»
A partir de ahí, es más sencillo integrar otras prácticas cotidianas que refuerzan este aprendizaje. Acciones como separar residuos, aprovechar mejor los alimentos o incluso crear una pequeña composta, ya sea en un jardín o en un espacio reducido dentro del hogar, permiten que ellos comprendan, de forma práctica, cómo sus decisiones impactan en el entorno.
La infancia es una etapa especialmente poderosa para formar hábitos. Las acciones que se aprenden en esos primeros años, aunque parezcan pequeñas, suelen convertirse en conductas que acompañan a las personas durante toda su vida.
En comunidades donde la relación con la tierra es parte de la vida diaria, estas lecciones se transmiten de manera natural. Los más chicos crecen observando cómo se cultivan alimentos, cómo se aprovechan los recursos y cómo el bienestar de las familias está estrechamente ligado al equilibrio con el entorno.
Sin embargo, más allá del contexto, el aprendizaje puede comenzar con gestos simples: permitir que laven verduras, ayuden a medir ingredientes, participen en la planeación de una comida o colaboren en la separación de residuos en casa.
Tal vez por eso el Día del Niño también puede verse como una invitación a algo más que celebrar. Puede ser un recordatorio de que las pequeñas acciones que compartimos con la infancia hoy, en casa, en la escuela o en la comunidad, son las que ayudan a formar adultos más conscientes del mundo que habitan.
Porque cuando un niño aprende a valorar la comida, a cuidar los recursos y a respetar la naturaleza, también está aprendiendo algo esencial: que el futuro del planeta empieza en las decisiones cotidianas de cada generación.










