Los límites del derecho vs. responsabilidades

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Los límites del derecho vs. responsabilidades

La justicia social se mide en parámetros muy amplios, pero los derechos y responsabilidades permean en cada una de las rutinas de los seres humanos.

Los derechos fundamentales deberían ser la guía práctica de todos los ciudadanos. No obstante, también deberíamos tener un recurso similar para entender las responsabilidades que tenemos cada uno de nosotros.

Es una realidad que los derechos humanos no se cumplen en todos los territorios del planeta y que, además, gran parte de los países enriquecidos no desarrollan acciones en materia de política y justicia social internacional para poner fin a innumerables violaciones de los derechos humanos en algunos de los países empobrecidos. Pero claro, ¿cómo reclamar que otros no vulneren los derechos fundamentales de los ciudadanos cuando en su propio país también se vulneran? O, ¿cómo reclamar que se cumplan los derechos fundamentales en un país al cual yo, desde mi país “desarrollado”, estoy empobreciendo?

Si para que yo sea un país “desarrollado” debo enriquecerme a costa de la riqueza natural y del sufrimiento social de otro, ¿cómo voy a exigirle o contribuir al bienestar del país del cual estoy abusando?

Las condiciones de vida del país donde cada uno reside junto con nuestros propios recursos socioeconómicos determinan nuestro conocimiento y visión acerca de nuestros derechos y nuestras responsabilidades como ciudadanos.

Visión

Si nos centramos en la mirada más probable de una persona residente en un país enriquecido y con todas sus necesidades cubiertas, seguramente descubramos que los criterios con los que mide sus derechos y responsabilidades ante el resto de los ciudadanos del mundo, distan mucho de los derechos que conoce para sí una persona residente en un país empobrecido.

Tan solo hace falta echar la vista atrás y evaluar todos los productos que hemos adquirido las familias de países enriquecidos durante los últimos años. Dejando de lado la crisis sanitaria y económica de la COVID-19, los españoles estamos a la cabeza de consumo tecnológico, por ejemplo. Tener el último modelo de smartphone no es un derecho fundamental, pero muchos se irritan ante la imposibilidad de tenerlo. Por supuesto, cada uno puede hacer uso de su capital como mejor crea. No obstante, debemos poner el foco de nuestra lucha en lo que realmente es importante. La sanidad o la educación no han tenido tantos seguidores como los equipos de fútbol o las grandes tecnológicas. Sin embargo, cuando los primeros faltan, nuestro futuro como sociedad se resiente y miles de personas mueren.

Además, el consumo de productos y bienes de cualquier tipo debe hacerse de forma responsable. No solo por el hecho de tener en cuenta al resto de ciudadanos del planeta, sino también por un tema de sostenibilidad ambiental. No podemos seguir consumiendo indiscriminadamente porque no podemos seguir produciendo indiscriminadamente.

Muchas personas se escudan en la idea de que ellos no son responsables de las desgracias que viven otros ciudadanos africanos, hondureños o vietnamitas. Sin embargo, cada compra que realizamos es un acto político, social y medioambiental. 


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La ética y el derecho

Cuando hablamos de los límites del derecho no podemos perder de vista que la ética, la moral y el derecho, no pueden separarse.

Históricamente, el ser humano ha tenido serias complicaciones para establecer límites. Por supuesto no hablamos de límites físicos. En mayor o menor medida diríamos que los humanos tienen obsesión por establecer fronteras físicas, pero no sucede lo mismo cuando se trata de elementos intangible.

Lo que es evidente es que hemos olvidado que el derecho no deja de ser una moral obligatoria.

Tradicionalmente, el derecho ha servido para establecer una serie de normas de convivencia que permitieran el desarrollo pacífico de las sociedades. O por lo menos, esta era la idea. Sin embargo, en época de terratenientes o señores feudales, si bien es cierto que el dueño de la tierra tenía derecho a trabajarla como considerara, pocas veces se tenía en cuenta el daño que pudiera ocasionar a sus trabajadores. De hecho, las leyes feudales constituían el derecho de la época, pero eran de todo menos éticas. Como ejemplo, uno de los actos permitidos como señor feudal era que las hijas de sus siervos debían postrarse ante él si éste lo deseaba, manteniendo relaciones sexuales y siendo expulsada si quedaba embarazada. En ese momento, si la sierva denunciaba el abuso y el maltrato, el señor feudal podía aludir ante cualquier responsable de la ciudad que había cometido dicho acto por pleno derecho. ¿Significa que el derecho atendía a la moral humana? No.

El derecho debe estar supeditado al bien común, al orden público, al bienestar social. Cada derecho fundamental establecido en la declaración universal de los derechos humanos de 1948 pretende proteger un determinado valor de las personas.

¿Quién establece los límites?

Incluso teniendo por bandera los derechos humanos y la ética como modelo justo de aplicación práctica, establecer los límites del derecho es tan complejo como situaciones cotidianas entre ciudadanos existan.

La legislación ha evolucionado hasta el punto de tener un complejo sistema legal y juristas de todo tipo para intentar abarcar las problemáticas ciudadanas y adaptarlas a la legislación.

Pero ¿quién dictamina los límites legales? Y cuando la legalidad queda obsoleta ¿quién desarrolla la interpretación necesaria para juzgar una causa? ¿Acaso cuando un juez no dispone de herramientas jurídicas no se está extralimitando de sus funciones? Pero, ¿tiene otra opción?

La ley no siempre es justa, pero es el sistema que tenemos para seguir un orden social. La tarea colectiva que tenemos es intentar que los límites de la ley sean justos, equitativos e igualitarios. Como la legislación la realizan personas, debemos procurar que la formación de éstas sea exquisita. Solo así podremos garantizar un mejor funcionamiento del derecho. Debemos entender que cada sociedad constituye un límite y nuestra libertad termina cuando empieza la del otro. A pesar de que estas expresiones resuenen en nuestra cabeza y parezcamos tenerlas asumidas, en la práctica no parece que las apliquemos demasiado.

¿Cómo puede una sociedad centrada en el individualismo, la competencia y la acumulación de bienes, mirar por la paz social y el bien común? Por un lado nos enseñan a competir, a ganar a toda costa y por otro nos dicen que debemos ser gentiles, mirar por los demás e incluso renunciar a mis privilegios para contribuir a que otros tengan sus necesidades básicas cubiertas. ¿Cómo se entiende?

La realidad es que los cimientos están podridos. Es el greenwashing moral.

¿Derecho o responsabilidad?

Nuestros derechos fundamentales deben ser respetados en la misma medida que los de cualquier otra persona de este planeta llamado Tierra. Por desgracia, mientras que una gran mayoría de las personas no tienen cubiertos sus derechos básicos fundamentales, otras no paran de añadir extras sin responsabilidad ni conciencia real. En efecto, adquirir el último modelo del smartphone de moda, no supone un derecho, sino un privilegio. 

Rousseau ya nos lo decía en la idea básica del Contrato Social. El contrato social consiste en el sacrificio de la libertad individual para obtener la libertad civil; con ella obtenemos derechos, prohibiciones, prerrogativas y obligaciones sociales. Si todos asumiéramos esto, el mundo sería un lugar mejor.

Este artículo fue publicado por GenÉthico, lea el original aquí.


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