Por: Malú Hernández-Pons, líder de Saber Nutrir
Hace apenas unos días conmemoramos el Día Mundial del Medio Ambiente, una fecha que nos invita a reflexionar sobre la importancia de cuidar los recursos naturales y proteger los ecosistemas. Con frecuencia, cuando pensamos en “medioambiente” imaginamos bosques, océanos o grandes paisajes naturales, espacios que parecen lejanos a la rutina de quienes vivimos en una ciudad; sin embargo, cada vez resulta más evidente que el entorno también se manifiesta en nuestra vida cotidiana.
Lo vemos en días que parecen cada vez más calurosos, en lluvias que llegan de manera distinta a como las recordábamos o en temporadas que ya no se sienten tan definidas como antes. También lo vemos en conversaciones cada vez más frecuentes sobre el agua y la forma en que utilizamos los recursos. Son situaciones que forman parte de nuestra realidad y que nos recuerdan que la relación con el medioambiente no ocurre únicamente en lugares remotos, también está presente en las calles que recorremos, los espacios que habitamos y en las decisiones que tomamos.
Quizá uno de los cambios más importantes en los últimos años ha sido entender que el cuidado del hábitat no es un tema ajeno ni exclusivo de especialistas. Es una conversación que nos involucra a todos porque las ciudades también funcionan como ecosistemas donde personas, recursos y hábitos están profundamente conectados.
«La manera en que consumimos, utilizamos el agua, aprovechamos los recursos, gestionamos nuestros residuos o incluso valoramos los alimentos tiene un impacto que va más allá de nuestros hogares«
Aunque muchas de estas conversaciones suelen abordarse desde la realidad de las grandes metrópolis, la relación con el entorno se construye de distintas maneras en cada comunidad. A lo largo de los años, a través de iniciativas como Saber Nutrir, hemos tenido la oportunidad de acompañar a familias que viven una conexión muy cercana con los recursos naturales y que conocen de primera mano la importancia de aprovecharlos de manera responsable. Estas experiencias nos recuerdan que la sostenibilidad no depende únicamente de la tecnología o de grandes inversiones, sino también de los hábitos, conocimientos y decisiones que se transmiten de generación en generación.
En distintos contextos, hemos visto cómo acciones aparentemente sencillas pueden contribuir a fortalecer una cultura de cuidado y aprovechamiento de los recursos. Al final, ya sea en una comunidad rural o en una gran urbe, todos compartimos la misma necesidad de construir una relación mucho más consciente con el medio que nos rodea.
Asimismo, el concepto de responsabilidad compartida nos recuerda que cada sector tiene un papel que desempeñar e implica reconocer que nuestras decisiones cotidianas forman parte de una conversación más amplia.
La manera en que consumimos, utilizamos el agua, aprovechamos los recursos, gestionamos nuestros residuos o incluso valoramos los alimentos tiene un impacto que va más allá de nuestros hogares. En ese sentido, hablar del medioambiente no tiene que limitarse a una fecha en el calendario, puede ser una oportunidad para reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el mundo que habitamos y sobre las pequeñas acciones que, sumadas a esfuerzos colectivos, ayudan a construir comunidades más conscientes y resilientes. Después de todo, cuidar el medioambiente no es únicamente proteger aquello que está lejos de nosotros; también es cuidar los espacios donde vivimos y el futuro que compartimos.










